Maletas olvidadas


Una maleta perdida en un tren hace desalojar la estación de Sants, en Barcelona, tras comprobar que dentro hay cables que podrían ser un artefacto explosivo. Sólo son cables que forman parte de las herramientas de trabajo de un lampista que dejó sus utensilios olvidados en uno de los muchos trenes que circulan por la estación más grande la ciudad -al menos, hasta que algún día no demasiado lejano se acabe de construir La Sagrera- y por la que a diario pasan miles de pasajeros, pero ya se han movilizado los cuerpos de seguridad de la ciudad. En estos tiempos y ante la psicosis terrorista que recorre el mundo occidental, ya empezamos a habituarnos a situaciones como la vivida hace dos días. Al final, todo queda en un susto.

Si uno escribe “maletas olvidadas” en el buscador de Google se encontrará con una gran cantidad de maletas, bolsas, paraguas y hasta dentaduras postizas que la gente deja olvidados u “olvidados” en los transportes públicos sin molestarse nunca más a reclamarlos. La compañía Iberia, por ejemplo, cada cierto tiempo, organiza una subasta con todo que ha acumulado a lo largo del tiempo, que no es poco.

Llama la atención que algunas personas no quieran recuperar algo que ha sido de su propiedad, independientemente de su valor. No alcanzo a entender como alguien que olvida sus herramientas de trabajo -y por tanto, su forma de vida- no mueva cielo y tierra hasta dar con los utensilios que le dan de comer. Al final, tuvo que ser la policía la que se puso en contacto con el propietario para comunicarle que habían encontrado algo que le pertenecía. Pasa lo mismo con la ropa, algo mucho más íntimo. Trabajo en un sitio donde se acumulan piezas de ropa durante meses sin que prácticamente nadie las reclame hasta que acaban en el contenedor de la basura por incomparecencia del propietario.

Vivimos tan aprisa y tan cerca de todo que muchas veces no nos molestamos en rescatar una parte de nuestras pertenencias -y por tanto, una parte de nosotros mismos- substituyendo éstas por otras nuevas, sin más. Formamos parte, en fin, de esa sociedad de consumo de la que muy pocos consiguen escapar y en la que unos objetos son substituidos por otros. Hemos dejado de darle importancia a cosas que en otro tiempo formaban parte de la vida  y de la personalidad de sus propietarios, para pasar a lo que podría denominarse como “propiedad líquida”, una especie de posesión transitoria y sin ataduras. Algo así, ocurre actualmente con las relaciones personales, algunas de las cuales acaban por convertirse en “maletas olvidadas” en algún lugar de nuestra vida.

 

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